LECCIÓN DE
POLÍTICA
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Uno
vino y la otra vendrá.
En
esta iniciativa se advierte con vasta claridad una singular visión diplomática
del titular del ejecutivo federal en la que, lejos de procurarse una ganancia
personal, privilegió un elevado objetivo nacional: el de anticipar un encuentro
en el terreno del anfitrión, para que escuchase, como lo hizo, el punto de
vista de un país socio, aliado y amigo en algún sentido.
“Cuanto
más grandes son las diferencias, más se necesita el diálogo”, enunció EPN en su
cuenta de Twitter, y con la sobria recepción a Trump corrobora la dimensión de
un gobernante dispuesto a correr el riesgo de la desaprobación que pudiesen
provocar el estallido de los complejos nacionales y la irritación de quienes anteponen
sus impulsos viscerales a los intereses de la República.
Afirma
el maestro inglés Bernard Crick que “la primera función de un gobierno es
gobernar, y eso… puede suponer asumir conscientemente el riesgo de la
impopularidad.”
O,
como sostiene MacCarthy: “El político que no es capaz de soportar la
impopularidad no es digno de ocupar el cargo.”
Volvamos
a Crick cuando asevera que “gobernar bien significa gobernar con la mente
puesta en los intereses de los gobernados…”
Pero
todo esto lo dijo antes Aristóteles cuando apuntó que “si un político ha de
sentir orgullo ha de ser de su habilidad para la conciliación.”
Desde
luego, el primer sorprendido con la sagaz cuanto inesperada apuesta
presidencial por el acercamiento con el adversario, en lugar de la improductiva
confrontación con él, debió haber sido el propio candidato estadounidense,
porque en principio sabe mucho de negocios pero poquísimo de política y otro
tanto menos de diplomacia.
El
presidente sabía previamente, porque ya tiene horas de vuelo en estos menesteres,
que el suceso constituiría un plato suculento para el apetito de sus opositores
y los críticos, invariablemente dispuestos a denostar la figura presidencial,
lo cual resulta normal porque es la función natural de los primeros y la
materia del oficio de los segundos. A nadie debe extrañar que el mismo día que
ocurrió, se hayan lanzado a arrojar invectivas contra la presencia trumpiana en
suelo de los mexicanos a quienes tanto ha vilipendiado, y de lo cual nadie
tiene duda.
Pero
fue muy acertado que Peña Nieto haya dado el sitial de huésped al personaje en
cuestión para mostrarle la invalidez de sus percepciones respecto al pueblo que
representa, para decirle que hay valores superiores en la relación de ambos
países que se deben considerar, aquilatar y respetar, que la campaña
vociferante para captar adeptos es una cosa, y muy otra el trato civilizado que
se debe tener en la relación bilateral.
Si
don Donald captó el mensaje, quizá logró entender que sus juicios y
generalizaciones carecen del sustento imprescindible del conocimiento de la
historia y la cultura de esta sociedad, y que “la frontera es un desafío
conjunto que requiere un enfoque de corresponsabilidad”, en las propias
palabras del ejecutivo, cuya prioridad como mandatario es “proteger a los
mexicanos, abogar por sus derechos, defender su vida y su dignidad donde quiera
que estén.”
Por
eso es de creerse que, independientemente de la filiación ideológica o el
conflicto de intereses de cada quien, constituyó una buena idea efectuar la reunión
aludida, y en ella todos (incluso los zoilos del gobernante) estuvimos bien representados.