Entre la literatura y el periodismo (1/4)
La crónica, ornitorrinco de la prosa
El presente ensayo forma parte del libro Safari
accidental, de Juan Villoro, publicado en 2005 por la editorial Joaquín Mortiz de México.

Aunque el
whisky sabe igual en las redacciones que en la casa, quien reparte su escritura
entre la verdad y la fantasía suele vivir la experiencia como un conflicto.
"Una felicidad es toda la felicidad: dos felicidades no son ninguna
felicidad", dice el protagonista de Historia del soldado, la trama de
Ramuz que musicalizó Stravinski. El lema se refiere a la imposibilidad de ser
leal a dos reinos, pero se aplica a otras tentadoras dualidades, comenzando por
las rubias y las morenas y concluyendo por los oficios de reportero y
fabulador.

En casos
impares (Josep Pla, Alvaro Cunqueiro, Ramón Gómez de la Serna, Salvador Novo,
Alfonso Reyes, Roberto Arlt), publicar en periódicos y revistas ha significado
una escritura continua, la episódica creación de un libro desbordado, imposible
de concluir. Para la mayoría, suele ser una opción de Lejano Oeste, la confusa
aventura de la fiebre del oro.
Tal vez
llegará el día en que los periódicos compren la prosa "en línea", a
medida que se produce. Sin embargo, desde ahora es posible detectar la casi
instantánea relación entre la escritura y el dinero, economías de signos y
valores. Nada más emblemático que el hecho de que el poeta Octavio Paz
trabajara en el Banco de México quemando billetes viejos, Franz Kafka
perfeccionara su paranoia en una compañía aseguradora y William S. Burroughs
escogiera el delirio narrativo en respuesta al invento del que derivaba la
fortuna de su familia, la máquina sumadora.
La
crónica es la encrucijada de dos economías, la ficción y el reportaje. No es
casual que un autor con un pie en la invención y otro en los datos insista en
la obligación del novelista contemporáneo de aclarar cuánto cuestan las cosas
en su tiempo. Sí, la idea es de Tom Wolfe, el dueño de los costosos trajes
blancos.
Estímulo
y límite, el periodismo puede ser visto desde la literatura como el boxeo de
sombra que permitió a Hemingway subir al ring, pero también como tumba de la
ficción (cuando el protagonista de Conversación en La Catedral entra a un
periódico, siente que compromete su vocación de escritor en ciernes y ve la
máquina de escribir como un pequeño ataúd en el escritorio).

Algo ha
cambiado con tantos trajines. El prejuicio que veía al escritor como artista y
al periodista como artesano resulta obsoleto. Una crónica lograda es literatura
bajo presión.