CRÓNICAS DE
MI PUERTO

Valiente atrevimiento, pues, el de la
maestra Rosa María Mendoza, que sin más antecedente que el de su exitoso primer
libro Huellas ancestrales, auténtico best seller regional publicado hace
catorce años y vuelto a editar apenas un año después, y sin más galas
historiográficas que el productivo amor por la tierra de sus antepasados y
propia, así como por el profundo conocimiento que ha adquirido de ella mediante
el acopio de papeles, fotografías, recortes, memorias personales y entrevistas,
que ha vertido con ordenada amenidad en el libro que ustedes leerán
deleitosamente una vez que lo adquieran porque, si no, la casa pierde, ya que
esta primera edición fue financiada generosa, solidaria y totalmente por un
grupo de sus familiares. Únicamente es de lamentarse
que, para su emblema, dicho grupo haya optado por uno de los adjetivos más
ásperos del nombre de nuestra entidad, y omitido el nombre de California que,
como se sabe, y es incontrovertible, le corresponde en primer término, con lo
cual queda negado, al menos en parte, lo que Rosita defiende y promueve.

Hace poco preguntaba un empresario local --a
quien las dificultades financieras dañaron recientemente sus negocios-- que si alguna vez este cronista había visto
tan mal a La Paz como en los últimos tiempos; se refería básicamente, por
supuesto, a la economía y los servicios.
La respuesta fue afirmativa, añadida la
certeza de que, en tales materias, ninguna época pasada fue mejor nuestra
ciudad; todo en ella ha sido posible mediante afanes extraordinarios de sus
habitantes, capaces de enfrentar y superar dificultades como la distancia de
los centros de abastecimiento, la nula existencia de ríos superficiales, la
escasez de los recursos acuíferos del subsuelo y el pobre régimen de lluvias,
en fin, lo que todos los paceños (y los sudcalifornianos en general) conocemos
sobradamente, y que han limitado un desarrollo proporcional y justo a los
empeños.
Desde sus inicios de crecimiento
demográfico, hacia 1823 en que el señor Juan García obtuvo el primer permiso de
los concedidos por el gobierno para poblar aquel paraje con gente del sur
peninsular, y construyó la casa en la cual hizo un preliminar depósito de
mercancías --lo cual puede considerarse el origen de la vida comercial en esta
región--, la ciudad ha ido desarrollándose de modo gradual merced a la
tenacidad de su gente.
Algún día de mayo de 1960 quedó inaugurado
el nuevo sistema de agua potable y alcantarillado de esta capital, que amplió
de manera considerable la dotación de esos servicios a buena cantidad de sus
habitantes, residentes más allá del centro citadino.
Todo ello es parte de la historia de un
pasado duro y aleccionador. Ahora las cosas son un poco menos difíciles, aunque
los problemas persisten, como persiste, como siempre, la decisión de
resolverlos.
Pero volvamos al libro: En términos
generales, su contenido puede ser dividido en una primera parte épica, en
lenguaje de tercera persona; y una segunda lírica, donde la autora se vierte
entera y desnuda su paceñidad. Quiero decir que el texto inicia con una serie
de capítulos que se refieren a lo que otros han dicho de esta ciudad, y termina
con lo que la escritora recuerda y quería decir, y dijo, de su ciudad amada.
Hay títulos que pueden recordarse como antepasados
ilustres de este fruto evocador de la historia común, algunos de los cuales se
mencionan en la obra, aunque la lista es apenas una muestra de lo cuantioso que
se ha generado en esta materia: Alma
California, de Abel Camacho Guerrero; los Apuntes históricos de Baja California, de Manuel Clemente Rojo; Baja California ilustrada, de John R.
Southworth; El otro México, de
Fernando Jordán; todos los textos de Jesús Castro Agúndez; La literatura en BCS y Los
candados del destino, de Armando Trasviña Taylor; La Paz de antaño, de Rogelio Olachea Arriola; Los últimos californios, de Harry Crosby; Pervivencias, de Félix Ortega Romero; y varios otros que hablan del
interés que ha provocado en muchos, propios y visitantes, la cotidianidad
paceña en particular, y sudcaliforniana en términos de mayor amplitud.
Concluyo: Rosa María Mendoza Salgado aporta con
Crónicas de mi puerto un nuevo y espléndido
integrante de la comunidad bibliográfica de esta parte de México, con que
cumple de verdad su propósito de compartir búsquedas y hallazgos que vendrán a
enriquecer de elementos ciertos a nuestra identidad, a validar nuestra
pertenencia y a legitimar aún más el orgullo de ser paceños.
(En la presentación del libro, el viernes 10 de abril de 2015 en el Archivo Histórico de BCS. Imagen: Alejandrino de la Rosa.)