REFORMADORES Y
REFORMAS

Así, cada acción
en tal sentido produjo una reacción que, como se sabe (de acuerdo con la
tercera ley de Newton), es igual y contraria a la causa que la originó. Pese a
esta certeza fatal, el momento histórico elige en cada ocasión a quien o
quienes han de asumir el deber de llevar a cabo las modificaciones que son ya
imprescindibles e inaplazables.
Cuando
finalmente logran implantarse, sus potenciales beneficiarios quieren y exigen
siempre que las modificaciones ocurran de la noche a la mañana, lo cual es
humanamente imposible ya que, pasar de un estatus de rutina y conformidad, a
otro en que sufren el inevitable resquebrajamiento los viejos esquemas, los
anquilosados usos y costumbres, pide por lo menos el cambio respectivo de mentalidad,
de las maneras de creer y actuar.
El reformador
por antonomasia es ciertamente el fraile agustino Martín Lutero, alemán precursor
de un cisma religioso en el siglo XVI cuyas consecuencias perduran hasta
nuestros días.
Localmente y en
vías de ejemplos recordemos la serie de reformas que mediante leyes indujo el
presidente Benito Juárez para dar un giro necesario a materias que desde el
ingreso de México a la vida independiente era necesario para el desarrollo de nuestra
joven república. Las reacciones fueron tan terribles que suscitaron, por lo
menos, una guerra intestina y una intervención extranjera, pero al final
adquirieron la virtud de abrir espacios que requería el progreso general de los
mexicanos.
Las reformas que
la educación nacional ha recibido a partir de la consolidación de la Revolución
Mexicana mediante su documento constitucional promulgado en 1917 (luego de
largos y talentosos debates sobre esta materia en la tribuna del legislador),
son otros tantos paradigmas del afán de cambio, así como manifestaciones de la
adecuación que en cada etapa se ha buscado a fin de que este ramo sustantivo de
la vida del país responda adecuadamente a las aspiraciones que se tienen para
su avance.
Las once
reformas iniciadas por el ejecutivo mexicano y aprobadas por la mayoría
parlamentaria en los recientes dos años, eran sin duda impostergables para
mudar las estructuras públicas y darles la viabilidad que se esperaba de ellas
desde hacía mucho tiempo.
Como en todo
proceso de reformas que se respete, las del presidente Enrique Peña Nieto han
debido contender contra los intereses creados, la incomprensión y hasta la
falta de lecturas de su contenido profundo y las bondades que anuncian, pasando
por las oposiciones que cumplen así su función natural de oponerse
sistemáticamente a todo lo que provenga del ejercicio del poder.
Pero ahí están
ya las reformas diseñadas con visión de estado e intención progresista, y
constituyen por sí mismas las nuevas reglas de nuestra convivencia para
mejorarla, para conducirnos a estadios de mejor nivel y cumplir muchos
proyectos diferidos por las usanzas tradicionales y el muelle beneplácito que
se rebela y cuestiona “¿para qué cambiar si así lo hemos hecho siempre?”
Lo primero que
debemos reformar, pues, son nuestras estructuras mentales, para estar en
aptitud de subirnos al carro de la historia y dejar de ver desde la acera el
desfile de los que avanzan, para incorporarnos con entusiasmo y convicción a la
marcha.