CRÓNICA HUÉSPED

DR. IGNACIO ALEJANDRO DEL RÍO CHÁVEZ
(México, D. F., 19 de agosto de 1937 – La Paz, BCS, 10 de junio de 2014)

Un hecho aparentemente fortuito fue definitivo en la vida del doctor Ignacio Alejandro del
Río. Su primer trabajo como investigador en el Instituto de Investigaciones Bibliográficas
de la Universidad Nacional Autónoma de México (IIB-UNAM) consistió en catalogar el
Archivo Franciscano, una tarea monumental, a la medida de sus ansias por aprender. El
joven Del Río –tenía 32 años cuando empezó esta tarea– se sintió sorprendido y seducido
por la muy variada información que le permitió conocer una parte de la historia del México
colonial de la que poco se hablaba en las cátedras universitarias. Desde entonces, según él
mismo lo ha declarado y se puede constatar por su obra escrita, definió lo que sería su
principal campo de interés como investigador: la historia del vasto norte de México.
Ignacio Alejandro del Río Chávez es investigador de la UNAM desde 1969, cuando empezó
sus actividades en el IIB, al cual estuvo adscrito hasta 1971, para después incorporarse al
Instituto de Investigaciones Históricas. Actualmente, tiene la categoría de investigador
titular C y, además, es profesor de asignatura en la Facultad de Filosofía y Letras, donde ha
impartido materias a nivel de licenciatura, como: Nueva España: las provincias internas y
Nueva España, historia socioeconómica, y en el posgrado, en donde ha tenido a su cargo
materias como: Historia económica moderna de México y el Seminario de historia regional.
Este académico, hoy galardonado, estudió la licenciatura en historia, la maestría en historia
de México y el doctorado en historia en la UNAM, obteniendo menciones honoríficas en el
examen profesional y en los de grado. Actualmente es miembro del Sistema Nacional de
Investigadores, en el que tiene el nivel de investigador nacional III.
En una ocasión el historiador dijo: “...una investigación sólo puede ser en algún grado
valedera si se realiza con plena honestidad intelectual. Se trata de no engañarnos a nosotros
mismos por pura soberbia ni mucho menos incurrir en falsía tratando de engañar a los
demás. El error o la insuficiencia no son moralmente reprobables; lo es, en cambio, la
simulación, que, obviamente, jamás podrá ser una vía para enriquecer el conocimiento. La
honestidad pide también ser congruentes con nuestras más altas responsabilidades sociales:
ser profesionales de la investigación nos obliga a no quedarnos cortos en el esfuerzo, a
emplear al máximo nuestras mejores capacidades...”
La honestidad, pues, como apego a la verdad, como congruencia y como compromiso
social; el rechazo a la simulación, al engaño y a la soberbia son, entonces, los principios en
los que Del Río Chávez ha basado todo su trabajo. Por ello quizá también su visión plural y
unitaria de la historia de México, la que –afirma– no pocas veces se examina desde una
perspectiva centralista, que ignora la diversidad de los procesos formativos regionales y que
supone que todo lo sucedido fuera del núcleo central del país carece de entidad propia.
El doctor Del Río Chávez, que ha sido constante y entusiasta cultivador y promotor de la
historia regional, entendida ésta como una mera opción metodológica, ha insistido en
muchos de sus trabajos de investigación y en su cátedra acerca de que si no se consideran
de algún modo los procesos formativos regionales, tanto en su diversidad como en sus
interrelaciones, no es posible la comprensión de la dinámica histórica del país entero. Es de
aclararse, sin embargo, que, según él mismo dice, se ha mantenido en lo conceptual tan
lejos de los investigadores que se tienen por hacedores de una historia nacional
supuestamente definida por puras homogeneidades y paralelismos, como de los que suelen
romper sus lanzas por una historia regional que, dice él, más bien podría merecer el nombre
de historia insular.
La obra de Ignacio Alejandro del Río –las tesis que ha dirigido, sus libros, sus artículos y
ponencias, su experiencia como docente en instituciones de enseñanza superior– está
dedicada a estudiar la historia del norte de México y, más particularmente, la del noroeste
del país, tanto en la época colonial como en la primera mitad del siglo XIX. A esta temática
se ha referido en buena parte de los cursos que ha impartido tanto en la UNAM como en las
universidades de los estados de Querétaro, Tamaulipas, Sinaloa, Sonora y Baja California.
Sus libros, escritos en autoría o en coautoría, se refieren también al área de su especialidad.
Algunos de ellos son: A la diestra mano de las Indias. Descubrimiento y ocupación
colonial de la Baja California; Conquista y aculturación de la California jesuítica; Tres
siglos de historia sonorense; Vertientes regionales de México; La aplicación regional de
las reformas borbónicas, y El régimen jesuítico de la Antigua California. Es autor, además,
de varios libros de texto, preparados junto con otros investigadores universitarios.
Al trabajo de docencia e investigación de que hemos venido haciendo mención deben
sumarse algunas ocupaciones administrativas, como son la de jefe del Archivo Histórico de
la UNAM (1965), secretario ejecutivo de la Comisión de Historia del Instituto Panamericano
de Geografía e Historia, organismo especializado de la Organización de Estados
Americanos (1965-1967) y secretario académico del Instituto de Investigaciones Históricas
de la UNAM (1975-1976).

En http://www.100.unam.mx/

BAJA CALIFORNIA SUR (gcastilloYOU)

EL AGUA DE LA PAZ

Hace poco preguntaba un empresario paceño --a quien las dificultades económicas dañaron recientemente sus negocios--  que si alguna vez este cronista había visto tan mal a La Paz como en los últimos tiempos.
   La respuesta fue afirmativa, añadida la certeza de que, en nuestra ciudad, ninguna época pasada fue mejor; todo en ella ha sido posible mediante afanes extraordinarios de sus habitantes, capaces de enfrentar y superar dificultades como la distancia de los centros de abastecimiento, la nula existencia de ríos superficiales, la escasez de los recursos acuíferos del subsuelo y el pobre régimen de lluvias, en fin, lo que todos los paceños (y los sudcalifornianos en general) conocemos sobradamente, y que han limitado un desarrollo proporcional y justo a los empeños.      
   El primer europeo en lo que luego fue llamado La Paz, fue muerto con sus compañeros en 1534 por pretender apropiarse de las fuentes de agua de los pobladores originarios.
   Desde sus inicios de crecimiento demográfico, hacia 1823 en que el señor Juan García obtuvo el primer permiso de los otorgados por el gobernador José Manuel Ruiz (para poblar aquel paraje con gente del sur peninsular), y construyó la casa en la cual hizo un preliminar acopio de mercancías    --lo cual puede considerarse el origen de la vida comercial en esta región--, la ciudad ha ido desarrollándose paulatinamente merced a la tenacidad de su gente y, a veces, con el concurso de sus autoridades.
   Algún día de mayo de 1960, el gobernador Bonifacio Salinas Leal inauguró el sistema de agua potable y alcantarillado de esta capital, que amplió de manera considerable la dotación de esos servicios a buena cantidad de sus habitantes. Para ello, la mayoría de las calles habían sido convertidas, por la ardua labor de los trabajadores y las excavadoras, en especie de trincheras de una guerra contra la sed y en favor de la higiene comunitaria.
   Lamentablemente, en ese proceso hubo que registrar la muerte de niños quienes, tomando confiadamente como zonas de juego las profundas oquedades y galerías de tierra, quedaron atrapados o fueron sorprendidos cuando las enormes máquinas hacían el relleno después de haber sido colocadas las tuberías. Luto de hogares por imprudencia de los chicos, descuidos de los padres, imprevisiones de la empresa y negligencia de la autoridad.
   Antes de eso, la gente se proveía del líquido esencial mediante el acarreo en recipientes de hojalata de veinte litros donde originalmente venían la manteca (con que se guisaba todo antes de llegar los aceites vegetales) y el alcohol marca Victoria. Una vez limpios, de dos de sus orillas opuestas se clavaba un pedazo de palo, por lo general de escoba, que tenía el grosor adecuado para evitar lastimaduras en las manos.
   Se hacía el trato con el dueño del pozo artesiano más próximo al domicilio de cada quien, y así los miembros de la familia (mujeres y hombres por igual) subían el agua mediante rondanas de fierro (que llamábamos “rondanillas”) o cigüeñales (nombradas “cigüeñas”), vaciaban el contenido en los denominados tambos y los conducían colgados de los brazos o mediante las “palancas” que nos atravesaban los hombros y de cuyos extremos pendían sendos cables terminados en ganchos sujetos al centro de los palos en los tambos.
   El acarreo se hacía también en barriles de madera que eran rodados jalándolos con una soga.
   Y todo eso para llevar el agua de consumo humano, la construcción, el riego de plantas y lo demás.     
   Después la situación se alivió un poco cuando fueron instaladas tomas de agua para el suministro público en algún punto del barrio. Ahí había que formarse para llenar por turno los depósitos de cada quién, y en tal sitio de reunión obligada se enteraba uno de las novedades al tiempo que se evitaba que algún listo pretendiera adelantar el lugar que le correspondía, o reservarlo dejando un “alcahuete” mientras iba rápidamente a vaciar en casa el precioso elemento.
   Ésa es parte de la historia de un pasado duro y aleccionador. Ahora las cosas son un poco menos difíciles, aunque los problemas persisten, como persiste, como siempre, la decisión de resolverlos.