MANDATARIOS Y
AUTORITARIOS
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Tan
descomunal confusión, sin duda producto de la falta de lecturas, motiva la
presente nota que debe empezar con una premisa incuestionable: los sinónimos
perfectos son inexistentes, de manera que en el proceso de redacción se debe
aplicar siempre la palabra que se ajuste con exactitud a lo que se pretende
decir: asno, borrico, burro, jumento, pollino y rucio son sinónimos entre sí,
pero cada uno de tales sustantivos posee alguna característica que lo
diferencia de los demás. Queda esto de quehacer para los aficionados al
diccionario.
El
caso es que comúnmente se emplea el término “mandatario” como sinónimo de
cualquier cargo público de nivel ejecutivo; así se le dice mandatario al
presidente y al gobernador, por ejemplos.
Pero
resulta que sólo merece el título de mandatario aquel que en efecto (de hecho,
en la práctica) cumple el mandato de sus gobernados, o sea quienes lo colocaron
en esa responsabilidad mediante el sufragio mayoritario, los electores.
Ese
mandato se expresa en los objetivos históricos de la colectividad que el
personaje intenta dirigir, en los planteamientos del programa de acción que enuncia
el candidato* durante sus actividades en procuración del apoyo ciudadano, en lo
que luego se constituye como su programa de gobierno, y en los imperativos
sociales que surgen durante la administración que conduce.
Por
otra parte, un lema o consigna de campaña de ninguna manera puede sustentarse
como plan de acción gubernamental, pues es apenas esbozo e intención
desprovista de contenido; el contenido es el compromiso que asume, el mandato que
está obligado de modo expreso a cumplir.
Y
así leemos y escuchamos que el vocablo mandatario es utilizado tan despistada
como erróneamente para designar a ilustres dictadores, cabezas de regímenes totalitarios
que sin tomar mínimamente en cuenta la opinión de sus gobernados (o
desgobernados), hacen lo que les viene en gana por sí mismos o a través de
congresos sumisos que aprueban obedientes cualquier iniciativa del poder
ejecutivo, por arbitraria que sea, y medios que aplauden toda acción oficial por
equívoca que fuere.
De
manera similar ocurre, por citar un caso, con ese obeso policía que ni siquiera
es originario de la tierra que dice gobernar, heredero de un sistema sucesorio enquistado
en el mando público desde hace ya 17 años. Es evidente que me refiero a Nicolás Maduro.
Así
que dejémonos de eufemismos y sinónimos desacertados para llamar a los
autoritarios, populistas y demagogos como lo que son, obligándolos a cumplir
debidamente lo que ofrecieron con tanto ardor en los fragores de la campaña.
De
lo contrario, que el pueblo se los demande, como lo está demandando ya, en
nuestro país y el resto del continente, a varios depreda-erarios que se sentían
intocables e imprescindibles.
*
Una de las acepciones de la palabra “candidato” lo define como “persona
cándida, que se deja engañar”. Paradójico, en verdad.