SOBRE EL DÍA DE MUERTOS EN BCS

En esa fecha de este 2015, el corresponsal
del periódico Excélsior, de la capital mexicana, Paúl J. Ulloa, publicó una
nota fechada en La Paz, donde afirma que “el aislamiento que por décadas [sic] se vivió en Baja California Sur
influyó para que la ciudadanía [concepto que excluye a los menores de edad]
adquiera costumbres y tradiciones estadunidenses [sic]. Sin embargo, la [in] migración que ha ocurrido en los últimos
[sic] años (cerca de 25 mil
jornaleros agrícolas al año) ha detonado [estallado, reventado, tronado] que
regresen [¿?] algunas costumbres y tradiciones mexicanas.”
Sigue: “Este Día de Muertos o [sic] Halloween, los sudcalifornianos lo
festejan de dos maneras. Las familias tradicionales de esta capital aún
celebran el Día de Muertos disfrazando a sus hijos para que vayan a las tiendas
departamentales del centro de esta ciudad o a las casas de sus colonias para
pedir dulces. En estas familias no se aprecia el tradicional altar de muertos
para honrar a sus ancestros. Sin embargo [¿?], la mayoría de los migrantes que
vienen a Baja California Sur son originarios de Oaxaca, Michoacán, Guerrero,
Chiapas y el Distrito Federal.”
Y en su propia despistadez involucra al
director del Instituto Sudcaliforniano de Cultura, quien supuestamente “reconoció
que gracias a la gente del interior del país se han recuperado, de alguna manera, las tradiciones mexicanas.”
Y finaliza hablando de lo que su sabiduría
le dicta sobre lo que en este sentido ocurre en Tijuana, pero ése es otro
asunto.
Habría que aclarar a ese reportero que el
aislamiento de BCS es de siglos, más que de “décadas”, pero en modo alguno
“influyó para que su población adquiriera costumbres y tradiciones
estadounidenses.” También se debe advertirle que la inmigración es la que básicamente
dio lugar a la formación social de los sudcalifornianos durante milenios, desde
la entrada de los grupos asiáticos que entraron a nuestro continente por el estrecho
de Behring, algunos de los cuales se colaron a esta península.
La integración peninsular aborigen con las etnias
europeas se fraguó en el crisol de una nacionalidad incuestionable: pero aquí,
precisamente por la lejanía del continente mexicano, se asumieron ritos y un
imaginario propios que nada tienen que ver con altares de muertos, que por la
presencia local de compatriotas indígenas han ido estableciéndose desde las instituciones en lugares
públicos determinados (escuelas, plazas, centros de promoción cultural, etc.),
pero la costumbre regional de arraigo popular es la visita in situ al sepulcro (o urna desde que recientemente se inició la
práctica de la incineración) de sus ancestros en el propio panteón o templo
donde se hallan, y ahí –luego de la limpieza y los retoque necesarios- se
colocan memorias, flores y oraciones.
Así que la bella metáfora de la ofrenda
doméstica, y el ajeno cuanto pavoroso jálogüin, se han mantenido en una tangible
marginalidad de los usos, costumbres y tradiciones de Baja California Sur.
Finalmente hay que decir que el funcionario
a que alude el texto, de ningún modo pudo haber aseverado que las tradiciones
mexicanas (o sean los susodichos altares) “se han recuperado”, porque resulta fuera
de toda lógica que se pueda recuperar algo que jamás se ha perdido.
Pero, bueno, ya estamos casi acostumbrados a
que vengan individuos como el escribidor en cuestión, a reinventarnos y decir al
resto del mundo lo que buenamente creen que somos.