FUNDACIÓN DE LA MISIÓN DE
LA PAZ
Por
Miguel Venegas, S. J.

Desde la entrada del almirante Atondo, cuarenta años antes, estaban
estos indios recelosos de los españoles, como dijimos, y en continua guerrilla con
los buzos que iban a sus costas. Había de ordinario recíprocos daños, prisiones
y muertes, y era de temer que tal vez los guaycuros
fomentasen alzamientos y rebeliones aun en las naciones ya cristianas [...]
Era forzoso hacer a un mismo tiempo dos entradas, una por mar y otra por
tierra. La de tierra para abrir camino y comunicaciones desde Loreto para las
ordinarias provisiones y amistar las naciones de la medianía; y la de mar para
que pudiese ir cómodamente toda la gente, vituallas y prevenciones que para una
empresa tan arriesgada era menester. La entrada por tierra se encomendó al
padre Clemente Guillén, desde su misión de San Juan Bautista Ligüí. De la de mar se encargó el padre
Juan de Ugarte, que quiso estrenar su balandra califórnica El Triunfo de la Cruz, con este viaje tan correspondiente a su
nombre, y de tan feliz agüero.
Embarcóse, pues, en ella el padre Jaime Bravo, que estaba ansiosísimo de
dar principio a su misión y tareas el día de Todos Santos, primero de noviembre
de dicho año 1720, y llegando felizmente a La Paz saltó en tierra la gente con
buen orden, como en tierra enemiga. Mas presto se vio que no había tanto que
recelar, como se pensaba, porque aunque algunos guaycuros de lejos se pusieron sobre las armas, luego que vieron a los
padres que con sólo un indio intérprete se adelantaron hacia ellos, se sentaron
en señal de sosiego.
Hiciéronles los padres muchas caricias, diéronles cuchillos, belduques,
navajas y otros utensilios y dijes que estiman mucho y recibieron bien. Y por
medio del indio les dijeron que venían a ser sus amigos y a hacer también sus
paces con los isleños de San Joseph, de Espíritu Santo y otros cercanos,
antiguos enemigos y destruidores de los guaycuros.
Mostraron mucho contento y alegría, pero en los primeros días no quisieron
acercarse a los soldados. Finalmente vinieron poco a poco muchos, aun de
rancherías lejanas, traídos principalmente de aquellos tres prisioneros que
dejó el padre Salvatierra, los cuales los habían ya informado largamente de su
buen acogimiento en Loreto, y que los padres no eran como los buzos, ni hacían
mal sino bien a todos.
Con esto y mucho más con la gracia singular del padre Ugarte para
hacerse respetar y amar de los bárbaros, se levantaron chozas de enramada y
casas pajizas para toda la gente: se limpió el sitio para la iglesia y pueblo,
se sacaron de la balandra las provisiones y animales, y se empezó a poner en
orden, con gran gusto de los guaycuros,
la nueva mision.”
Tomado de Noticia de la California, Editorial Layac, Madrid, 1943, tomo II,
págs. 205, 207.