¡ACABEN YA DE
MATARNOS!*
Por Sigismundo Taraval
Trajeron por este tiempo los indios de la misión al

único
de los motores [instigadores] que faltaba. Tomóle luego el señor jefe la
declaración para hacerle y sustanciarle la causa, como a los otros. Poco hubo
qué hacer, pues él, a la primera pregunta del interrogatorio, respondió cuanto
le podían preguntar, deseaban saber y había hecho. Dijo ser verdad que él intentó
la rebelión, que incitó a los otros, que fue de los principales, que no había
querido admitir consejos, ni los admitía, que siempre había sido malo, y lo
era, que estaba cansado de vivir, que quería morir y así que lo matasen. No
haga de esto especial fuerza, sino conózcase de esto lo que son los guaycuros,
y para más prueba aún, de los ocho que ajusticiáronse el 1 de julio, cuando
estaban en la capilla preguntaban algunos:
- ¿Cuándo nos sacan a matar?, ¿qué esperan? ¡Acaben ya de
matarnos!
En años pasados llevaban a dos presos a Loreto; a uno de
ellos se le concedió un palo para que pudiese andar más aprisa. Como se detenía
con todo, le estiraba algo otro indio que llevaba la soga de que estaba preso y
asegurado; lo mismo fue estirarle que levantar el palo, y siendo con punta,
tirarle y pasarle de parte a parte una oreja. Alteróse el indio herido, y no
poco, y lo mismo los otros que iban de auxiliares. Viendo esto, el que iba de
cabo dijo:
- Tiren al delincuente.
Luego con una pistola lo dejó un soldado en el puesto.
Quedaba uno, el cual, viendo que habían muerto al otro, dijo:
- ¿Para qué me llevan? No me lleven; mátenme a mí también
y váyanse.
[...]
Había vuelto ya por este tiempo el padre visitador; con
eso lo pudo disponer como se deseaba, pues luego el señor jefe le echó la
sentencia y entró en capilla, y después lo mandó pasar por las armas y murió
muy dispuesto [...]
* En La rebelión de
los californios, por Sigismundo Taraval, ed. Doce Calles, 1996, pág. 116
(parágrafo 175) Aranjuez (Madrid), edición de Eligio Moisés Coronado. Una
reedición está en prensa por el Instituto Sudcaliforniano de Cultura.
(Imagen: dibujo del P. Ignacio Tirsch, parte de la
colección que se conserva en la Biblioteca Nacional de Praga.)